LA JAULA DE CRISTAL

jaula de cristalNunca he tocado el techo de cristal. Nunca me he chocado con esa barrera invisible que impide que las mujeres alcancemos puestos de relevancia en los espacios de poder.
Porque nunca he estado en un espacio de poder, ni -mucho menos- he optado a un puesto importante. Como la mayoría de las mujeres.

Pero me choco todos los días con la jaula de cristal. Esa que me impide salir a la calle vestida como dé la gana, o me lo permite a costa de soportar las opiniones y aguantar las miradas de los otros. Esa que me obliga a ir acompañada de noche, o a andar asustada. Esa que me amortigua la voz cuando opino de política, de música, de coches, de fútbol...

Esa jaula invisible que me convierte en el centro de las miradas reprobatorias cuando hablo alto, bailo sin pretender gustar a nadie, me enciendo un puro, bebo más de la cuenta, suelto una carcajada o me rasco en público.

Esa urna que me recuerda que vivo en un escaparate, que me debo a la mirada ajena, que tengo que mantener las formas, las piernas cruzadas, las ojeras tapadas, los tirantes del sujetador dentro de la camiseta, los pelos sólo en su sitio, las carnes sólo en su medida, la boca abierta sólo para sonreír, el tono amable.

Esa caja transparente que me permite estar ahí, en el mundo laboral, político, social, siempre que me quede en segundo plano, asienta a las opiniones generales, respete las normas y no pretenda distraer la atención sobre lo importante con mis propias ideas.

Algunas no la ven incluso estando dentro. Igual porque no se han chocado nunca con sus paredes, porque han pensado que no podían llegar más lejos.

Y no hay una forma más perversa ni más eficaz de sometimiento, que convencernos de que los límites a nuestra libertad no son impuestos, son buenos. No hay una jaula más eficaz que el miedo. Miedo a darle una patada al cristal, saltar fuera y convertirse en una desobediente.

Una mujer que diga lo que piensa, persiga lo que desea, haga lo que le apetece. Y apoye los dedos en el cristal de las jaulas de otras, para que ellas -al menos- vean las huellas y no puedan seguir fingiendo.